martes, 4 de septiembre de 2012

1

Me obligaste a borrar las cascadas
que con tus miradas en mis ojos se formaban.
En la tierra descansa la sangre

que con tus palabras derramaste
y cavé un túnel en la fría roca
y establecí allí mi alma dolida.
Ya no llega
el sol a donde duermo
la luna a donde por las noches te contemplo
el aire a mis pulmones
que ya no insuflan vida a mis emociones.
Soy un autómata en una ciudad de mierda,
rodeado de millones de voces mudas
que no aportan nada a los pasos del camino.
Pero siempre quedan unos pocos hermanos,
de túneles conectados,
conviviendo bajo tierra,
compartiendo sangre,
fabricando el último pasadizo
que nos lleve a una masacre.

sábado, 25 de agosto de 2012

Morir solo.


No había pasado tantos años viajando en soledad para acabar muriendo solo.  O eso es lo que él quería. Pero la vida es una puta ramera que se mofa de los más tristes y se vende a los que ya lo tienen todo. La suerte carece de sentido cuando lo único que tienes son los muebles de tu alma y un viejo libro que ejercita la mente cuando comienzas a olvidar que eres humano.  Porque ser humano apesta. Tan creídos, tan egocéntricos y asqueados de poder. Hipócritas, ateos y creyentes, todos se creen especiales y por encima de los demás. Pero unos predican "Carpe Diem" y pisotean a quien sea por lograr sus objetivos  aunque eso signifique matar a su propia madre y los otros predican "amor y vida" pero son los primeros en morir cerebralmente encerrándose en la ignorancia y despreciando a los demás, creyéndose tener el poder  de decidir qué tienen que hacer las vidas ajenas por sus absurdas creencias.  Por supuesto hay excepciones en ambos y más tipos de personas, pero nuestro amigo no encontró ninguna de ellas en sus viajes y sólo contempló la infinita estupidez humana que vomita entre estertores este mundo podrido por una plaga que lo consume cada vez más rápido.  
No pudo conocer el amor, porque la palabra carece de significado generalizado y todos se venden al mejor postor.
Traición, engaños, mentiras. El mundo se hunde y el poder se gana a base de asesinar el máximo número posible de vidas tranquilas, destruyendo la propia fuente de poder. Estupidez donde se vea.
Una parada más, se decía. Algo tiene que quedar de bien en este mundo.  Pero la bondad es maltratada por la ley del más fuerte y la ignorancia apuñaló hace tiempo las bibliotecas.
No quería morir solo. Quería. Tal vez mejor solo que asquerosamente acompañado. Dejó los caminos y se internó en el bosque oscuro.  La luz es una burla que refleja la imagen de la polución y la podredumbre  y la oscuridad reconforta. 
Se sentó apoyándose contra el tronco caído de un árbol. Y entonces la vio. El aire, silbando entre las hojas en un complejo patrón casi indescifrable. Los pequeños mamíferos, que ignoraban al extraño en sus quehaceres.  Las aves, cantando a los cielos agradeciendo por la vida. El agua del manantial formado por las recientes lluvias. Ahí la vio. La esperanza. Y no estaba entre los humanos.

viernes, 24 de agosto de 2012

Aves


Todas las tardes andando por el mismo parque, desmenuzando las piedras del dolor que anidaba en su vida.  Pasado dolido, futuro desaparecido, sólo los pajarillos picoteaban las migajas de su alma en forma de pan duro.  Pobres de alma decían: ¡Está loco! pero no todos saben acerca del arte de no asustar a las aves.  Con sus picos se llevaban su dolor, desgajando un corazón podrido por el rencor.  Sus cientos de amigos de pequeñas alas que le llevaban a volar le hacían olvidar, olvidar el mal que causan las personas
Si no merecen la pena, ¿para qué recordar?  Su propio nombre había olvidado ya.  Tan sólo quedaban los cantos al despertar. Las nanas al anochecer.  La música alrededor del hombre que susurraba a las aves en el parque al amanecer.





"El hombre que susurraba a las palomas."

jueves, 26 de julio de 2012

Nonato

Era una mañana preciosa. Lo despertó la dulce calidez de los primeros rayos de sol entrando por la ventana. A su izquierda se encontraba su mujer. Una bella y tierna figura acariciada por unos largos cabellos morenos. El sol bañaba su cuerpo desnudo y él sonrió. Se sentía muy feliz.
De pronto, la puerta se abrió con un golpe y dos criaturitas que rondaban los 5 años entraron vociferando:
- ¡Mamá! ¡Papá! ¡Arriba! ¡Tenemos que ir al parque! - corearon a la vez la pequeña Ana y el pequeño Víctor.
- ¡Oh nooo! ¡Dejadme vivir! - contestó el padre mientras se escondía entre las sábanas.
La madre reía a carcajadas mientras los niños se lanzaban encima de la figura escondida de su padre en pos de obligarle a cumplir su promesa de llevarlos a jugar. Amanecieron felices. Jugando entre sábanas.

Ya está otra vez el sol. Al menos era mejor que el frío de la jodida noche. Había sobrevivido otra vez.
Se levantó en la soledad de su pequeño apartamento. Dormía sobre una improvisada cama formada por trozos de un viejo sofá. El apartamento no aparentaba mejor aspecto. Vivía solo desde los veinte años. Sus padres habían fallecido y su hermano se fue más tarde junto a ellos. Hacía tiempo que no tenía amigos y no recordaba la última vez que se había sentido amado. Era fuerte y eso le mantenía con vida.
Se levantó arrastrándose. Su cuerpo le decía quédate pero su mente siempre iba por delante. Su cuerpo ya estaba muerto pero su mente aguantaba con vida. El único cuadro que tenía se reía de él desde la pared.

Mientras la madre y Víctor preparaban el desayuno, el padre y Ana salieron a comprar churros. Era algo que siempre hacían los Domingos. Les encantaba desayunar churros con chocolate en invierno. El día avanzó y los cuatro salieron a pasear. Los pequeños, llenos de vida, no paraban de corretear de aquí para allá y mientras, los padres aprovechaban para charlar. Llevaban veinte años casados y aún mantenían esa chispa que los hacía especiales. Seguían encontrándose el uno en los ojos del otro, con cada beso, con cada caricia. Se amaban.

Cuando llegó a la nevera encontró lo que esperaba. Nada. Tan solo quedaba un puñado de cereales en una bolsa y un cartón de leche un poco pasado. Llevaba dos meses en paro y lo único que lo mantenía en pie era la pereza por suicidarse. Sabía que no tenía a nadie y nadie le tenía a él. Todos aquellos que conocía hacía mucho que se habían ido o le habían olvidado. Tenían mejores cosas que hacer, otras personas que atender. Salió a la calle. Al menos tenía los árboles.

Al volver a casa, su mujer se fue a supervisar como se bañaban sus hijos mientras él preparaba la comida. Hoy tocaría pisto (recuerdos de su sangre común) y a él le encantaba cocinar. Todos colaboraban en casa y los niños habían aprendido desde pequeño que hacerlo era esencial. Disfrutaban viendo algunas series de su infancia y siempre intentaban que sus hijos crecieran también con ellas. Hoy tocaba Dragon Ball.
Tras la comida, el padre miró con cara suplicante a su mujer.

- ¿Puedo jugar un ratito al PC? ¿Por favooooor?? - mientras hacía una caída de ojos.

Siempre había sido un tonto de remate y le encantaba parecer tan niño como sus propios hijos. A ella le encantaba.

- Va tonto, yo voy a leer un rato - le dijo con un beso en los labios.


Comió una hamburguesa. La más barata. Se tumbó bajo la sombra de los árboles y dejó pasar las horas. Añoraba cuando dormía en su regazo. Eso le hizo llorar.
Caminaba con sus cascos, la música era su única compañía. Ya no miraba al frente como antaño. No existía la seguridad, la confianza o el valor. Sólo miraba dónde pisaba esperando no tropezar. Todos los días hacía el mismo recorrido. Pasaba por el mismo parque, la misma plaza. Todos los días miraba la misma ventana y después volvía a casa. Tal vez hoy acabe con todo, decía. Tal vez hoy encuentre descanso.
Y entonces comenzaba a beber. Bebía y bebía tirado en su sofá con música clásica sonando por su viejo equipo de música. Y el alcohol le hacía llorar hasta dormirse.

Se fueron a dormir pronto todos. Al día siguiente tocaba trabajar e ir a la escuela.
Los hermanos tenían sus cuartos propios y los padres tenían un espacioso cuarto compartido con una ambientación japonesa. Tenían unas preciosas vistas al mar con un gran ventanal que él mismo instaló.
La noche y las olas arrullaron sus sueños.
La mañana los atrapó tardía pues el despertador se había adelantado. Mamá llevó a los niños al colegio, pues allí estaba también su trabajo.
Papá tuvo que coger un avión para asistir a una importante reunión. Volvería a la hora de comer.

La resaca esta vez era terrible y las lágrimas le habían irritado la piel. Se lavó la cara y miró la calle. Tenía un mal presentimiento que le hacía sentirse bien. Sonaba extraño.
Fue un despiste del conductor aunque él pudo haberlo evitado. Antes, cuando apreciaba su vida. Escuchó el frenazo y miró en su dirección pero no se movió. No aceleró el paso. Miró con tristeza al cielo y vino la oscuridad.

Fue un vuelo tranquilo pero algo empezaba a preocuparle. Todo se volvía borroso y parecía una película vieja. Pensó que sería una enfermedad así que se dirigió rápidamente a casa para guardar cama. Al entrar por la puerta encontró a su familia ya en la mesa.

- ¡Hola! ¿Cómo ha ido todo pequeñajos? - no entendía por qué escuchaba una música conocida en la lejanía.

- Hola. ¿Pequeñajos? ¿Quién eres? - dijeron los tres al unisono.

- ¿Cómo? ¿Estáis bromeando? ¡Soy papá! - la música se hacía cada vez más fuerte.

- Papá, tú no tienes hijos. Esta no es tu vida. Esto es sólo una lección que te dan todos tus errores acumulados.

- No entiendo nada. ¿Qué ocurre? - dijo sollozando y mirando a su amada.

-  Tienes que irte. - su mirada era fría. - aquí ya no puedes estar.


Abrió los ojos ahogándose por el dolor. Las lágrimas brotaban de sus ojos y el corazón le ardía. Estaba en un hospital. Todo era confuso. Era feliz, todo iba bien. ¿Qué habían querido decir? ¿Por qué estaba en un hospital? ¿Qué había pasado?

- Al fin ha despertado - dijo un doctor desde la puerta.

- ¿Qué ha pasado?

- Lleva en coma 10 años, amigo. Fue atropellado por un coche en medio de la Gran Vía. Sé que es difícil de asumir, pero al menos está vivo y recuperará pronto su movilidad.

- Todo... era mentira.

- No todo. - dijo una voz femenina desde el otro lado de la habitación.

- Ah - dijo el doctor - esta señorita fue testigo del accidente y ha velado por usted durante estos diez años. Asegura conocerle.

Él la miró. Sus ojos se encontraron. Su corazón se hizo pedazos. Y rompió a llorar.

lunes, 11 de junio de 2012

Erosionado

Con la ligera y fría brisa del mar torneando su figura, la fina arena calentada por el sol comienza a mostrar las primeras dunas. Casi como un manto liso, con el tiempo comienzan a desarrollarse suaves ondulaciones hipnotizantes, atractivas y constantes. Siguen un patrón, si, el del viento,  un patrón de libertad que todos los hombres han buscado dominar desde su existencia.
Pequeñas conchas adornan su extensión, situándose aquí y allá, pero siempre contribuyendo a esa armonía y perfección que la caracterizan. Es como un mosaico de pequeñas piezas que representan una escena fascinante, apabullante y cautivadora. Se mezclan el agua, las algas, el viento, la arena, los pequeños seres que se esconden bajo su superficie, todos ellos dando forma a una bella forma que erosiona mi corazón hasta llevárselo por completo con ella.

domingo, 10 de junio de 2012

Enredado


Un gran roble. Duro, fuerte. Adornado por una miríada de hilos de seda teñidos de negro. Su olor te cautiva, atrae todos tus sentidos. Despierta recuerdos del pasado, visiones del futuro, acelera el corazón y enciende fuegos incluso en las cenizas más grises.
Su tronco es irregular, pues los obstáculos en el camino hacia una luz mayor le dejaron atractivas curvas en su ascenso hasta la copa. Curvas hipnotizantes que a miles han traído perdición enredándose en sus extraordinarios giros.
De él emana una calidez casi viva, tímida y latente, pero no te acerques buscando calor, pues te encontrarás con la privación del tuyo propio y morirás congelado. Sólo unos pocos pueden tocar su corteza, aquellos cuyo fuego interno no se apaga nunca, cuyo calor les hace parecer grandes hogueras. Y entonces verán el motivo de esa calidez.  Un árbol vivo. Lleno de amor, miedos, fuerza, sabiduría y pasión. Desde la copa hasta sus profundas raíces, clavadas en mi corazón.

lunes, 21 de mayo de 2012

Llaves


¿Qué es esta jodida sensación que arrastro conmigo? No hace más que incrementar esta sinestesia desbocada que golpea mi razón y la lleva a desaparecer, que confunde mis sentidos y me aturde.
Una oscuridad llama a mi puerta y no cedo aunque así no duerma. Ha olvidado las llaves, no puede entrar pues la puerta está blindada pero yo perdí esas llaves cuando estaba contigo y tu tampoco estás. Todos los días salgo por la ventana y me hiero al escalar. Las frías piedras me recuerdan cuando la puerta de mi cuarto estaba abierta y salíamos a regañadientes sonriendo sin parar.
La sombra siempre estuvo ahí pero la conseguí engañar. La convencí de que se marchara y cerré la puerta con llave. La llave que te llevaste. La llave que metí en tu bolsillo cuando nos despedimos.  Me quedé encerrado creyéndome acabado, hundiéndome en un pozo muy profundo y en la caída aprendí a vivir. Me sujeté a las piedras y encontré como salir. Malditas piedras, se ríen de mi.
Dejadme escapar. Las risas me persiguen y el timbre no para de sonar. ¡Dejadme en paz!
Y me arropo entre tus brazos y me pregunto por mis llaves. Pero las llaves dejaron de existir y son tus manos las que abren el cerrojo de la puerta. Ya la sombra inquieta golpea con fuerza sin astillas levantar, pues la puerta sigue estando blindada.
En las noches más frías, me tienta entreabrir la puerta. La mirilla me engaña y podría entreabrirla para comprobar quien llama. Pero una sola rendija y tal vez ella me matara. Así que mientras respondan mis manos, seguirán las piedras riéndose de mi mientras se bañan con mi sangre, mientras sigo buscando la llave de mi puerta.