domingo, 26 de febrero de 2012

Entre la arena


No era precisamente llamativa a primera vista. Era una chica tímida, de estatura media y pelo castaño claro. Vestía de forma vulgar, pues no buscaba sobresalir entre las demás. Un observador normal, un cualquiera, no habría reparado en ella y su mirada hubiera pasado de largo en busca de algún tipo de mujer despampanante.
Su mirada, además, se habría perdido los ojos de la chica. Una mirada cautivadora y cargada de melancolía.
Unas pequeñas marquitas adornaban sus mejillas. Pecas casi invisibles a primera vista, pero que le otorgaban un aire aniñado y le daban una belleza sutil.
Tenía un cuerpo proporcionado. Unas piernas torneadas enlazaban con unas caderas sinuosas cuyas curvas llegaban hasta sus brazos. Pero no se sentía guapa. No se sentía querida. Y todo ello lo ocultaba. A veces, hasta las personas más bellas nos pueden pasar desapercibidas si no confían en sí mismas. Si irradian inseguridad. Las personas huimos de la inseguridad ajena. Tenemos bastante con la propia.
Todo esto iba acompañado de complejos e inadaptación social. No acostumbraba a hacer amigos y era tildada de rara y marginada.
Gastaba su tiempo libre en escribir, dibujar y leer. En alimentar lo único que era suyo. Su mente. Dejaba volar su imaginación durante horas, imaginándose en un mundo distinto donde todo fuera, no más fácil, pero si distinto.
Vivía cerca del mar, y como todo el que lo haya visto, se dejaba cautivar por su inmensidad. Por el sonido del oleaje. Por el aroma de la brisa. Su vivificante sensación sobre la piel.
Paseaba con frecuencia a lo largo de la orilla del mar y se sentaba a observar las mareas. Y allí, esperaba.

Un día, apareció en el horizonte una figura paseando en su dirección. Era un chico más alto que ella. Tenía el pelo negro con unos curiosos reflejos blanquecinos. A simple vista, parecía joven, probablemente de la misma edad que ella. A pesar del frío que hacía, el chico paseaba descalzo sobre la arena mojada y con unos pantalones cortos. Parecía contento, pues esbozaba una agradable y cálida sonrisa mientras miraba el mar. Jugueteaba con algo entre las manos, que lanzaba hacia arriba y recogía con fluidez.
Algo en ella se encendió. Le pareció de lo más extraño. Era un chico no demasiado guapo, pero tenía algo en la mirada...
Sus miradas se cruzaron. La sonrisa distraída del chico se ensanchó, convirtiéndose en un torrente de sincera paz, alegría y confianza. 
Se aproximó hacia ella y habló:

- Disculpa, ¿podrías decirme que día y hora es?

Ella se quedó atónita. Durante unos segundos, que le parecieron una eternidad, se sintió estúpida y se ruborizó rápidamente. Seguía mirándole fijamente a los ojos, con la boca entreabierta, pensando una respuesta.
El chico no parecía percatarse de lo turbada que se sentía ella, pues continuaba mirándola con esa sonrisa tan extraña. Sus ojos eran oscuros, negros, pero no fríos. Sintió como leía dentro de ella, como si fuera un libro abierto. Sintió como desentrañaba todos sus misterios.

- Es.. es.. Perdón. Es 21 de Marzo. Hoy es el equinoccio de primavera y son las 15:30.  - contestó recuperando la compostura. -

Algo brilló en los ojos del chico.

- Interesante, ¿conoces los equinoccios? Creo que ha pasado mucho tiempo desde la última vez. - suspiró

Desvió la mirada hacia el mar. Luego la elevó hacia el cielo y miró con atención lo que tenía entre las manos.  Era una piedra negra, lisa y de aspecto frágil. Tenía una forma muy regular, como una pequeña estrella con las puntas redondeadas.
La miró a los ojos y le tendió la mano.

-Toma esto. Creo que deberías tenerlo tú más que nadie. Llevo mucho tiempo recorriendo esta playa y nunca había encontrado nadie como tú. Guárdala como un tesoro y te prometo que volveremos a encontrarnos. La próxima vez, te llevaré conmigo. Espera un poco más. No dejes de visitar este lugar.

Le dio la piedra sin dejar de sonreír. Sus manos se tocaron. Ella sintió una especie de corriente recorriéndole todo el cuerpo. El tiempo parecía haberse parado a su alrededor y de pronto fue consciente de que continuaba en la playa. Su corazón comenzó a latir con mucha fuerza y sintió el aire arremolinarse a su alrededor. Cuando quiso darse cuenta, sus ojos se estaban cerrando y caía en un profundo sueño.

Se despertó al atardecer. No había nadie alrededor, por supuesto. Se había quedado dormida al fin y al cabo. ¿Todo había sido un sueño? No era tan extraño, a veces, se abstraía tanto de la realidad que sus sueños parecían muy reales. Comenzó a llorar. Había sentido la magia de la felicidad durante unos instantes. Había sentido amor, paz, alegría. Ese chico le había prometido llevarla con él, y ella deseaba por encima de todo huir de su mundo. Lloró de tristeza por tener un sueño tan cruel.
Estuvo así durante una hora, lamentándose sin parar. Era tarde, por lo que tenía que volver a casa. Cuando fue a incorporarse, apoyándose sobre la arena, tocó algo duro y frio que sobresalía. Era una piedra con forma de estrella.



sábado, 4 de febrero de 2012

Mercenario


No era tarde ni temprano. Esos conceptos le daban igual, pues nada le importaba. En un mundo donde los viejos valores se habían perdido y el honor no existía, el único escudo del guerrero es la indiferencia y la abstracción. La vida era algo efímero. La gente ya no encontraba la felicidad, la moral no existía y el afán por ser mejor que los demás, pisando a quien tuviera que ser pisoteado, era el orden del día.
Nuestro protagonista se ganaba la vida como mercenario. Vagaba de un lugar a otro siguiendo los caminos, sin un rumbo fijo. Hacía tiempo que había perdido el rumbo en su vida. Sus pies eran su guía.
El tiempo no existía para él. Dormía cuando tenía sueño. Comía cuando tenía hambre y encontraba algo que llevarse a la boca. Sólo le importaba su estado físico. El emocional hacía tiempo que había muerto.
Mataba por dinero. Cuando llegaba a una ciudad, los grandes nobles siempre tenían enemigos a los que les gustaría ver muertos. Él hacía sus sueños realidad a cambio de unas monedas.
Con indiferencia. Con desprecio. Con eficacia.
Para él, los demás eran solo trozos de carne que se interponían en su camino.  Antaño no había sido así. Había sido alguien demasiado inocente, demasiado dado a confiar y esperar cosas buenas de los demás. Lo pisoteaban una y otra vez, pero nunca aprendía. No entendía el motivo de tanta maldad, de tanto dolor. Y volvía a caer. Una a una las puertas que le unían con su lado humano se fueron cerrando bruscamente. El amor, la amistad, la alegría, la confianza, la empatía, la compasión. El remordimiento.
Se fue tornando frio, mientras los demás morían a su alrededor. El sobrevivía. Pronto no quedó quien le amara o a quien pudiera amar. Todo se cerró. Y entonces vino el Corazón de Piedra.
Una brusca caída lo sumió en un sopor del que tardó en salir todo un año. Su cuerpo parecía apagado, pero su mente trabajaba a toda velocidad. Su sangre se volvió negra como la noche. Su corazón, frío y duro como el hierro. Sus ojos parecían pozos sin fondo. Dos círculos negros donde perderte en la locura y no poder escapar jamás.
Despertó porque tenía algo que hacer. Tenía que matar.
Escapó de su reclusión médica y tomó su arma más preciada. Y comenzó a andar.
Fue buena su suerte, pues no tardó en encontrarse con uno de los que más habían disfrutado a su costa. Fue rápido. Fue letal. Y siguió andando sin mirar atrás.
Continuó impasible. Esta vez sí sabía dónde iba. La última vez que tuvo un destino. Se presentó en su casa y sin mediar palabra, acabó con su vida. Empapó su mano en la sangre y estuvo contemplándola durante horas. Más tarde se hizo un profundo corte en el brazo. Uno que dejase una cicatriz que no pudiera olvidar jamás. Hecho esto, se vendó el brazo y emprendió el camino de nuevo.
Y vagó durante años. Mató durante años. Limpió el mundo de la escoria y la lacra. Siempre con la misma expresión. Nunca volvió a sonreír. Nunca volvió a llorar. Sólo una cosa le recordaba que una vez fue humano. Una vieja cicatriz.

jueves, 2 de febrero de 2012

Dos semillas.


 Me he emocionado escribiendolo xDD Espero que os guste!




 
"Erase una vez, dos semillas de árboles distintos. Se vieron por primera vez en un suelo verde y fértil, bajo la sombra de pequeños arbustos y árboles más grandes y amenazadores. No era tiempo para germinar, así que, en su larga espera, se quisieron conocer.

- ¡Hola, semillita! ¿Quién eres en realidad?

- ¡Hola, pequeña! Ahora soy una pequeña semilla, pero algún día seré un gran roble. Seré fuerte y alto. Nadie me hará sombra y los pájaros habitarán entre mis ramas. Mis hojas sentirán la fuerza del viento y le plantarán cara. Mis raíces beberán el agua de la lluvia y me deleitaré con su pureza. ¿Quién eres tú?

- Encantada de conocerte, futuro roble. Yo soy un árbol chino, único en el mundo. No te diré mi nombre, pues aún no lo conozco. Solo los pájaros me lo susurrarán llegado el momento.  Pero algo me dice que seré un árbol bonito, delicado y con hojas preciosas. Seré a la vez resistente, como cuarenta escudos de acero en una batalla con armas de piedra. Mientras tanto, llámame  Yin Xing ¡Espero que nos llevemos bien!

Fue así como ambas semillas esperaron, charlaron, intimaron y sintieron las primeras lluvias. Sobrevivieron a los pequeños pajarillos que pasaban cerca en busca de comida, sin verles. Sobrevivieron a las diminutas hormigas, que salían en busca de comida todos los días. Y pasaron los días, las semanas, y llegó Febrero. Los grandes mamíferos estaban inquietos, y paseaban por aquí y por allá. Un aciago día, a mitad de una conversación, un pequeño leopardo pasó por encima de ellas arrastrando consigo la pequeña semilla de roble y apartándola de su lado. Poco después, ambas semillas quedaron semienterradas.

- ¿Yin? ¿Estás ahí? No puedo ver nada. ¿Qué ha pasado? Yin, contesta... Por favor...

Se hizo la noche y la semilla lloró desconsolada. Había perdido a su única amiga y no sabía dónde se encontraba. Y el tiempo apremiaba.
Comenzó la carrera por la conquista de la luz del Sol. Fueron pasando, al principio los días, luego las semanas, los meses... Y finalmente años. Nuestro pequeña semilla de roble pasó a ser un arbolejo solitario y tristón, pero que todavía no había alcanzado la madurez. No alcanzaba a ver por encima de los arbustos a su alrededor, de los pequeños arbolitos. Siguió gritando todos los días, sin obtener respuesta, puesto que los otros árboles, ahora a su nivel, atenuaban todas sus palabras con sus propias voces.
Creció y creció, recordando su sueño. Tenía que superar a todos los demás. Tenía que ser el más fuerte y el más grande. Intentó hacer más amigos, pero el resto de árboles eran de especies mezquinas y malvadas que tan solo querían hacerle daño, por lo que siguió creciendo en soledad.
Pasaron cien años y un buen día, el roble comenzó a extender su follaje a lo ancho, captando más y más luz y cubriendo la copa de otros árboles. Era el más alto, el más fuerte, pero no tenía a quien proteger. Su dolor le obligaba a crecer más y más, era su única forma de combatir la melancolía que le atenazaba.
Un leve susurro del viento. Una caricia en sus hojas. Su tronco entero, ancho y robusto como un vehículo humano, se estremeció por completo. Entonces la vio, justo debajo de él.  Sus hojas, mezcladas con las suyas propias, entrelazaron sus ramas. Y se reconocieron mutuamente entre lágrimas.

- ¡Yin! ¡Yin! ¡Eres tú! Por la Madre Gaia, ¡eres hermosa! Que hojas tan maravillosas, que espléndida te ves. Te he estado buscando todo este tiempo, desde aquel día en que nos separamos.
- ¡Roble! ¡Mi Roble! Qué sola y desprotegida me he sentido. Este bosque está plagado de árboles crueles y me ha costado mucho llegar hasta aquí. Mis hojas se resentían con el frío y con los otoños. La ardiente luz del sol tampoco me hizo del todo bien. Te he estado esperando siempre, preguntándome qué pasó.

El roble paró de crecer. Cubría una amplia área con su tronco y, su ramaje, había acabado con muchos árboles a su paso pero ahora, no era necesario seguir. Al fin se encontraba con su querida amiga de la infancia. Aunque creía que ya no serían más amigos.
Ella se rebujó sobre sus ramas, enlazaron sus destinos y se protegieron el uno al otro. Sus ramas bullían de vida animal, que encantados compartían su amistad. Y así pasaron muchos años de inmensa felicidad. Juntos, el uno al otro.
 Pero nada es para siempre.
Un buen día, el viento trajo consigo un olor muy extraño. Un olor que atemoriza toda forma de vida. El olor del fuego. El olor del hombre.
Llevaba tiempo sin llover y un pequeño fuego de campamento se había convertido en un considerable incendio. Los animales gritaban a viva voz, todo era un descontrol y todos huían en la misma dirección.

- Maldita sea, esto no pinta nada bien. Viene por mi lado, tienes que separar tus ramas de mi. Por favor, hazme caso.

- ¿Qué dices? No digas tonterías por favor. No quiero verte morir delante mio. Si tu ardes, déjame arder contigo.

- ¡No seas necia! - dijo el Roble mientras apartaba sus largas ramas de Yin.

Y llegó el fuego. Valientes hombres rociaban agua por tierra y aire, con escaso resultado. De pronto, el aire se volvió insoportablemente caliente. Todo eran gritos, caos. Y fuego.
El gran Roble comenzó a arder. Él, que era previsor, todavía estaba verde y fresco, pero el fuego era insistente, y devoraba poco a poco su inmenso cuerpo.

Yin solo veía negrura en la dirección del Roble. Restos de árboles calcinados, cenizas, humo... Estaba desesperada.

Pero de pronto, algo cambió. El aire ya no estaba tan caliente. Ni tan seco. La Madre había escuchado a sus hijos.
De improviso, como convocada por el mismo cielo, rugió una terrible tormenta. Y llovió, llovió sin fin. Y el fuego se apagó. Pero era demasiado tarde para el roble.

- ¿Por qué lo hiciste? Yo no merecía vivir más que tú. Perdóname por favor, todos estos años estuviste protegiéndome y no he podido hacer nada por ti.

Yin lloró. Lloró cálida sabia que recorrió su tronco y lo empapó de dolor. Su conciencia se hundió en lo más profundo de su tronco, cerca de las raíces, pegada al suelo. Con el tiempo, y sin conciencia infundiéndoles vida, sus ramas comenzaron a marchitarse, tristes, grises y marrones.
Y entonces, un día, escuchó una diminuta voz. Una diminuta voz que jamás podría haber escuchado de haber vivido entre las ramas.

- ¡Yin! ¡Yin! ¡Soy yo!  ¡Tu gran roble! Solo que... he vuelto a ser una semilla diminuta. Perdóname, aunque ahora estoy más cerca tuya, no podré protegerte...

Y Yin le escuchó. Y dejó de llorar. Su vitalidad cubrió todo su cuerpo devolviendo el aliento a sus ramas y hojas. Y entonces, un pequeño pájaro carpintero se le acercó. Y solo pronunció dos palabras en un tenue susurro. Dos palabras que marcaron muy hondo a Yin. En seguida supo que esas dos palabras eran su nombre.

- Roble, mi Roble. Jamás olvidaré lo que has hecho por mí. Me protegiste de la muerte, me has dado más vida de la que nadie me haya podido dar jamás. Esta vez, yo te protegeré a ti. Y te esperaré, te esperaré más tiempo del que nadie ha esperado jamás. Y esta vez te diré mi nombre.

Y así fue, pues la especie de Yin no estaba preparada para vivir tantos siglos. Pero los vivió. Y el Roble volvió a ser grande y fuerte, pero esta vez no le hizo falta crecer demasiado. Sus troncos se fundieron en uno solo, se entrelazaron, y sus ramas eran a la vez Roble a la vez Yin, creciendo como un solo árbol. Y Yin le dijo su verdadero nombre al Roble. Y él se maravilló. Y allí estuvieron juntos durante muchos siglos, y probablemente, todavía lo estarán."

lunes, 30 de enero de 2012

Cerca del corazón

Si hay algo que muchos hombres compartimos (sí, me incluyo) es la necesidad innata de sentirnos unos niños en los brazos de una mujer. Dejando de lado el tema sexual, no somos pocos los que buscamos sentir el afecto, el cariño y el calor de aquella a quien amamos con pasión. Lo típico, la escena de película, es la mujer arropada en los brazos del hombre, imagen de la fortaleza y masculinidad. Por otro lado, tenemos la imagen de fragilidad e inocencia de la mujer, que necesita sentirse protegida. A todos podría decirse que nos gusta eso. El tener entre nuestros brazos a la persona que queremos y tener la certeza de que podemos protegerla de todo mal. Pero no es lo único que nos gusta. A veces, cuando estamos tristes, cariñosos, o simplemente sedientos de amor, ansiamos recostarnos sobre el cuerpo de nuestra amada, apoyar la cabeza en su pecho y escuchar su corazón. Permanecer abrazados, como una madre abraza a un hijo, y sentir verdadera paz. Científicos aseguran que el ser humano siempre añora el cariño de una madre y de alguna forma ve en su mujer algo de ese afecto, de esa maternidad.
En los momentos en que te sientes débil, tu alma gemela está ahí para cuidarte, para escucharte y para protegerte, aunque muchos no lo admitan.
Cuando estás enamorado de verdad, recostar la cabeza sobre su pecho te llena de paz. De seguridad. De tranquilidad. Te devuelve a cuando los problemas no eran más que cosas de adultos. Y entonces podemos dormir de verdad.

jueves, 19 de enero de 2012

Creación de página

He creado una página aposta para ir publicando ahi la historia y no saturar lo que es el blog con ella :P La pestaña está arriba. Se llama Es mi nombre - Historia.

martes, 3 de enero de 2012

Prólogo - Es mi nombre.

Prólogo.

Caía la noche y aún era largo el camino.
No era difícil fijarse en él. Solo. Callado. Caminaba cabizbajo. Vestía una fina camisa negra de lino acordelada, pantalones, también negros, remetidos sobre unas finas botas de piel negra. Todo ello cubierto por una capa con capucha, que le ocultaba el rostro.
El camino no estaba muy transitado: algún que otro viajero, un pequeño carromato adelantado a los demás, llenando el ambiente de los rebuznos del burro que tiraba de él... y nuestro protagonista. Era un camino Real después de todo, pero eso no quitaba que hubiera algún que otro bache o tronco caído. Y por supuesto, fuera del camino Real el peligro acechaba como en cualquier otra parte.
Alguien muy observador, podría haberse fijado en la vaina que colgaba a un lado de su cintura, oculta entre los pliegues de la capa. Alguien muy observador, podría haber visto que no era un arma corriente, pues parecía forjada de un metal negro.
 Alguien muy observador, podría haberse dado cuenta de que se movía tranquilo, sereno, con unos pasos estudiados y ligeros. Impropios de un hombre normal.

El sendero no tardaría en adentrarse en un oscuro bosque de robles, así que tendría que hacer un alto en el camino. Ya sabía lo que podría encontrar en ese bosque en la oscuridad de la noche y, además,  sólo un loco se adentraría en un bosque tan viejo como aquel sin luces de ningún tipo.
Era una noche especial, por lo que decidió acampar junto al resto de viajeros que se habían reunido junto a un pequeño fuego de campamento aunando fuerzas para tener una buena cena.
Fue una cena agradable y amena: cerveza, pequeñas hogazas de pan con mantequilla, dos pequeños conejos y algo de queso hicieron su papel. El alcohol hizo que se diera paso a una agradable conversación y, más tarde, a la narración de historias fantásticas (todo el mundo sabe que los viajeros gozan de contar sus aventuras).
Nuestro protagonista se mantenía en silencio, expectante. Había demasiado ruido para su gusto. Los caminos nunca eran del todo seguros, pero hoy se hacía una excepción. No era una noche cualquiera. Se entretuvo escuchando los relatos de los demás.
Desde pequeñas baladronadas de duelos y aventuras fantásticas, hasta grandes historias conocidas por todos, como las de Larïel y Mertel, fueron transcurriendo una tras otra, entre gestos de aprobación e interés. Tampoco faltaron las leyendas y mitos acerca del gran "Asesino Blanco", de las que contaban enormes proezas de un tipo que vivió hace cientos de años y que logró destacar en todas las artes. Aunque variaban mucho de un lugar a otro, todas coincidían en lo mismo: su nombre se debía al color de su cabellos.
Llegado el momento, todos se giraron hacia el hombre de negro. Era su turno y todos esperaban alguna reacción, pues no había mediado palabra en toda la cena.
"Tienes pinta de haber recorrido mundo, cuéntanos algo" - dijeron e insistieron.
Con una sonrisa sardónica, se retiró la capucha de la cabeza. Todos quedaron asombrados al verlo. Tenía los cabellos cortos y desgreñados, blancos como la leche. Ojos negros como la noche que les rodeaba y un rostro cargado de arrugas y cansancio. No era viejo, no había visto todavía treinta inviernos, pero su cara reflejaba una vida llena de peligro, dolor y aventuras. Sus ojos, decían saber mucho más de lo que correspondía a alguien de su edad.
Todos se quedaron literalmente boquiabiertos.

Miró uno por uno a los viajeros y luego comenzó a hablar:
- Me alegra que me preguntéis. No acostumbro a hablar y mucho menos a contar historias. Pero esta es una noche especial. Haré una excepción. Alimentad el fuego, porque la historia que vais a escuchar es larga, y es una que no habréis oído jamás.
- dijo, con una voz rasposa, fría, aunque animada.

El corro no tardó en echar leña al fuego y arrimarse más a él, con súbito interés. Uno de ellos sacó un rollo de pergamino y pluma, al parecer, viendo en esa inquietante historia la oportunidad de una nueva canción con la que seguir ganándose la vida como bardo. Si de verdad ese hombre era quién parecía...

- Comenzaré con las presentaciones. Mi nombre es Niráed, que en el antiguo y olvidado letán significa  "El que ve más allá". No siempre me llamé así, nací con otro nombre y me he llamado de muchas formas a lo largo de mi vida, pero hoy, y por siempre, soy Niráed. Mi historia se remonta a hace cien años, cuando este bosque se extendía hasta la Marca y todavía vivía la estirpe del rey Amüriel. Por mi aspecto podéis asegurar que no trabajo en el campo, pero tampoco lo hago al servicio de ningún rey. Pertenezco a una antigua nobleza y a una vieja orden que posiblemente ninguno de vosotros recuerde ya.  Esta es mi historia. -dijo mientras se acomodaba, comenzando lo que sería una larga historia por la que bien valdría la pena pasar la noche en vela....

domingo, 27 de noviembre de 2011

Hermanos de Sangre


No es la primera vez que escucho esas palabras. Gente que nos conoce de hace tiempo. Gente que nos acaba de conocer. Todo notan algo extraño en nuestra relación. Algo especial y único. Ese algo es muy simple y a la vez muy poderoso. Hemos crecido a la sombra de unos valores e ideales que parecen obsoletos y desaparecidos de la edad moderna. Valores que toda persona debería tener si alguna vez desea sentir un verdadero lazo. Una fusión de almas.
No es porque seamos iguales. Al contrario, cada uno es de una forma y tenemos muchos roces. A veces roces serios. Esos mismos que hablan de nuestro "algo" lo saben.
Una vez alguien me dijo: "Las personas se unen con puentes, pero para enlazar un puente lo primero que ves de la otra persona es lo extrínseco y, por eso, casi nadie quiere enlazarse conmigo, no se molestan en mirar lo intrínseco." Ese alguien sabe bien quien es, porque forma parte de esta relación.  Desde pequeños, fuimos pocos los que, en pos de algo mejor, nos lanzamos a la construcción de firmes puentes. Conexiones férreas y duraderas. No todas fueron acertadas, algunas han desaparecido. Otras, se mantienen pendientes de unos pocos hilos. Y las últimas, las menos numerosas pero más importantes, se mantienen, no como el primer día, sino mucho más reforzadas.
Hablo de personas unidas por algo más que una afición, algo más que un sentimiento y algo más que un capricho del destino. Hablo de divertirse juntos, de llorar juntos, de vivir juntos. Hablo de principios fuertes cuya rotura es simplemente impensable.
No existe la traición, no existe la discriminación, no existe el olvido. No en nuestro mundo.
Cada uno tiene sus épocas, sus ausencias, sus pequeñas disputas internas. Por mucho que se diga, los demás estamos esperando a que cada uno vuelva a su cauce para seguir navegando juntos. No siempre se ha de esperar ayuda, porque sabemos ver cuando uno necesita tiempo e intimidad. Soledad. La sabemos valorar.
Sabemos  que juntos lo podemos todo, ya que somos una gran fuerza.
Tener la seguridad de dar la vida unos por otros. Saber que el que está a tu lado, riendo contigo, tal vez bromeando, un minuto después puede estar dejándose la piel por ti, no es algo que todos puedan asegurar que conocen.  Las muestras de cariño, abrazos, demás tonterías que a simple vista pueden parecer un juego, son de lo más sinceras en nuestros corazones. Empezamos juntos, nos criamos juntos, sufrimos juntos, reímos juntos y nos apoyamos todos juntos. Esa unión casi no existe en nuestros tiempos, donde el egoísmo domina el corazón de todas las personas. El egoísmo propio. No el egoísmo colectivo.
En otros tiempos, en otra vida, se diría que fuimos hermanos de sangre.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Felicidad


Debes tener un objetivo en la vida. Para mí, la verdadera felicidad no consiste en los habituales cánones de películas y libros, aunque sí está basada, en parte, en obras creadas por otras personas, las cuales me han hecho ver que, entre otras cosas, lo que más me llenaría son esos ideales. No todo ha de ser melancolía aquí. El problema es que cuando más me inspiro es en mis peores momentos, ya que la escritura es el arma que uso contra los problemas.
Junto a mi propio ideal de felicidad, se adhirieron esos nuevos que he comentado antes, formando una unidad íntegra en mi persona. No pido mucho, tan solo cosas que me hacen sonreír.
Mi mayor reto es tener un pequeño número de amigos. Verdaderos amigos. Personas que sean capaces de creer en mí como yo lo haga en ellas. Alguien que me reproche a la cara lo que no le gusta de mí, que me ayude a corregirme cuando me equivoco. Que no me mienta innecesariamente ni me haga daño a conciencia. Personas que no jueguen a dos bandos, sino que se decanten por uno u otro, para bien o mal. La neutralidad no siempre es buena.
Posiblemente todo esto lo desee mucha gente, y con eso le baste, pero yo no me conformo con eso. Mi sueño es tener esos amigos y poder protegerlos, ayudarlos tanto físicamente como intelectualmente siempre que sea necesario. Tener la fuerza suficiente para plantar cara a mis problemas y a los suyos, siempre.
Lo único que me da miedo en esta vida, es no tener esa fuerza. Es fallar cuando me necesiten. No dar hasta la última gota de sangre por quien cree en mi. Y, si algo me da todavía más miedo, es darla y ser traicionado. Por eso elijo bien a quien doy mi confianza. No basta con conocerlos. Puedo llevar muchos, muchos años junto a ellos y no ser merecedores de mi confianza. Si algo he hecho durante toda mi corta vida ha sido observar. Observar y aprender mucho de las personas. No suelen sorprenderme casi nunca, siempre tiendo a adivinar cómo va a actuar una persona a la que ya he observado suficiente, y como muchos han comprobado, no suelo equivocarme. Les advierto de cómo les van a hacer daño, y no lo creen hasta que se lo hacen.
Por suerte, aunque por breves periodos, nunca de continuo, he conseguido tener esas sensaciones. Por tanto, sé que es posible alcanzar mi felicidad, y eso me da ánimos a seguir intentándolo, a seguir adelante. Tengo un motivo para vivir, y es muy importante.