"Tímido, reservado y callado,
él vivía en un continuo llanto.
Incomprendido, extraño y solitario
se sentía a diario.
A escondidas, todos los días, observaba.
A escondidas, miraba y callaba.
Con nostalgia por su niñez, suspiraba,
y por la tristeza de la realidad, lloraba.
No siempre habría de durar ese tormento.
Siempre se puede volver a empezar.
Y así, descubrió la amistad,
la alegría y la felicidad.
Cayeron los muros de su interior,
su timidez, se tornó extroversión.
Su silencio, en una retahíla de palabras sin fin
y su llanto, en una eterna sonrisa.
Solo sus reservas no logró evitar.
A veces, es mejor tener algo que ocultar."
En "Blog" encontrareis escritos variados. En "Es mi nombre" una historia en la que trabajo :)
viernes, 21 de enero de 2011
miércoles, 5 de enero de 2011
Noches interminables
Qué noche tan oscura. Me siento sólo, vacío. Tiemblo de frío. Frío emocional. Se estremece mi alma en tristes sueños e ilusiones, algunas, fracasadas, otras, todavía por fracasar. Voces atormentan mi cabeza, no dejándome descansar. Me persiguen, se entrometen hasta en mi más preciado recuerdo y lo sacan a relucir. Los fantasmas del pasado me gritan sin cesar. Corro, corro a ciegas en esta noche sin luna, sin rumbo, sin dirección, solo quiero huir. Huir de este llanto que me invita a participar de él. Quisiera ser un niño, volver a vivir todos aquellas risas, esas emociones inocentes y llenas de esperanza. Porque de niño, hasta el peor de los dolores es más llevadero, hasta la más oscura noche sabes que va a acabar. Me pesan los parpados, el desánimo me domina por completo. No tengo ganas de estar despierto, no tengo ganas de dormir. No tengo ganas ni siquiera de respirar. Cada inhalación viene seguida por un suspiro, un suspiro que me recuerda que sigo aquí, escribiendo, porque solo así las voces, expectantes por ver que plasmo sobre el papel, me dejan en paz. Porque sólo así, consigo olvidar. Por desgracia, pienso que días como hoy nunca acabarán. Que estas noches interminables siempre me perseguirán.
Desierto
Árido, gris, desolado. Paraje cambiante, en forma y vida. De día, el mismísimo infierno. Tórrido, inhabitable. Seco, amarillento. Huye de la luz, busca una sombra, pocos seres se atreven a vivir en él. Dunas. Viento, que con su suave roce reseca y quema la piel. Viento, que mueve montañas enteras de la noche a la mañana. No hay donde huir. Noche, total oscuridad. Frío, páramo infinito. Miles de estrellas, vida nocturna. Reptiles, pequeños mamíferos, todos corren esperando vivir un día más. Temblores, el calor desaparece de tu cuerpo. Tan mortal como el día, vayas donde vayas todo te parecerá igual. Siempre andarás en círculos. Entre el día y la noche. Esperando que termine el uno para que empiece el otro, y viceversa.
Es extraño. Tan extremo, tan drástico, y aún así, no todo es muerte en ese lugar. Tal vez, por fortuna, te topes con un oasis. Un lugar donde descansar, un lugar de paz, con sombra, con agua, con vida. Pero no un hogar. No puedes vivir en él por siempre, tarde o temprano debes partir, tener un motivo para seguir, buscar siempre más allá de tu horizonte.
Porque, como el desierto, es la vida humana. Siempre en los extremos, luchando por buscar el equilibrio, luchando por mantenernos en el filo de la hoja. Tan pronto estamos tristes, agotados, deprimidos, que encontramos un motivo para estar alegres, enérgicos, felices. No obstante, ambas cosas solo duran un breve periodo de tiempo, y van alternándose. Demasiado tiempo de una, no puede sino destruirnos por dentro. Qué bonita sería la vida en un estado de perfecta armonía. En una amalgama de tristeza y alegría, perfecta, sin altibajos. Siempre cómodo, agradable, un pequeño oasis en el caos de la mente. O tal vez no sería tan bonita. Al igual que no puedes pretender vivir para siempre en el oasis, no puedes vivir una vida pasiva, limitándote a sobrevivir sin emociones, sin conocer la felicidad más absoluta y la tristeza más dolorosa. Porque todo ello nos enseña, nos nutre, nos hace sentir vivos. Porque la vida no consiste en sobrevivir, sino en vivir.
viernes, 31 de diciembre de 2010
Hierba mojada.
Triste día gris, húmedo, frío. Tumbado sobre la hierba, la lluvia sobre mi rostro. Miro al cielo sin pensar. Tan solo siento. Siento el viento meciendo los árboles con fuerza a mi alrededor. Silbando entre sus ramas y estrellándose contra mis oídos. Como un rugido, como un grito cargado de ira y energía. Las pequeñas gotas de agua me golpean con fuerza. Cada una de ellas, por separado, resultan risibles. Todas juntas pueden producirme dolor ,al igual que las hormigas, las cuales recorren mi cuerpo que se interpone en el camino hacía su guarida, hacia su hogar, como si yo no existiese. Como si fuese parte del paisaje. Un relámpago recorre el cielo. Violáceo, veloz, con sus centenares de ramificaciones, llena el paisaje ante mis ojos. Miles de voltios, la propia muerte para algún pobre árbol, para algún desdichado en mal lugar, todo ello delante de mí. Me ciega. Daña mis ojos. Dura sólo una fracción de segundo, tan poco tiempo para algo tan espectacular. Acontece el trueno. Un escalofrío. Un sonido que me llena de pavor. Una explosión tan brutal, tan llena de energía que no puedes más que darte cuenta de que, la naturaleza, en todo su auge, está ahí, viva, entre nosotros, y no se la puede detener. Las nubes, enormes, tan oscuras y cargadas de agua, de vida, pasan rápido ante mis ojos. Un pequeño pajarillo entona su canto. Un tenue rayo de luz se filtra entre las nubes, ahora más débiles, dando paso al arcoíris. Un precioso arcoíris, fruto, una vez más, de la naturaleza en su esplendor, que nos muestra que tras la ira, el dolor y el sufrimiento, aún queda luz, esperanza y alegría. Más pájaros se unen tímidamente al canto del primero. La tormenta amaina. Las últimas gotas me sacan de mi ensoñación. Me incorporo y miro en derredor. Las hormigas salen de nuevo a recibir al sol. Los caracoles, salen, nunca sabré de donde, mezclados con las hojas mojadas de las plantas. Todo a mi alrededor se llena de vida. De luz. Empapado, me levanto y echo a andar. El olor de la tierra mojada me reconforta, me llena de vida. Es hora de volver al camino. La tormenta ha acabado, es hora de volver a empezar, terminar de descansar.
Dedicado a la mayor amante de la naturaleza que conozco, Gemm :)
miércoles, 29 de diciembre de 2010
Vida revuelta.
Sólo ha sido una semana, pero podría decirse que una de las semanas más largas de mi vida. Han pasado tantas cosas... ha cambiado tanto en tan poco tiempo... Pero aquí estoy, una vez más, plasmando mis ideas sobre el papel. He vivido emociones tan intensas que podrían parar un corazón. Se han cambiado planes, he revivido un tipo de vida que creía olvidada y acabada y me he enfrentado al mal más grande de todos. La muerte. La he visto con mis propios ojos, he visto como acontecía, cómo llegaba y se iba. Puedo decir que de ello me he enriquecido muchísimo. Aunque ha sido un suceso muy triste y que me ha afectado emocionalmente, era algo que necesitaba ver con mis ojos para completarme como persona. Era lo que me faltaba, en mi opinión, por ver. He sabido mantenerme sereno. Enfrentarme al hecho y plantarle cara. Ya la había visto anteriormente, pero solo la vi irse. No era suficiente. Mis "nuevos"( y lo digo entre comillas porque siempre han estado ahí, pero invisibles ante mis ojos vendados ) principios, mi nueva perspectiva de la vida y del funcionamiento del mundo descubierta a lo largo de este año me ha permitido ver todo desde un punto de vista objetivo. "Hacerse más fuerte para poder proteger a los que me importan" es uno de los pilares de mi existencia, y no se refiere solamente al físico, sino también al ámbito psicológico. Sabía a lo que me enfrentaba, sabía lo que iba a venir después, y sabía cuál iba a ser mi papel. Sabía que es lo que quería hacer, aunque nunca lo había hecho desde que se convirtió en mi forma de vida.
Tenía mi oportunidad. Mi oportunidad de ayudar y proteger. Aunque tan solo fuese comportándome como un pilar en el que apoyarse. Un pilar fuerte y firme que aguantase hasta la peor de las mareas, sin importar las consecuencias ni lo que pensasen los demás. Creo, para mi satisfacción, que lo conseguí. Me he hecho más fuerte, he conseguido evitar que las personas que me importan se hundan del todo, pero eso no es más que un pequeño hito en el largo camino de mi vida. Nunca pararé de buscar más fuerza, para que nada nunca pueda hacerme caer, ni a mí, ni a los que me acompañan en la vida.
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